Después de un fin de semana a caballo entre Burgos y Avila, volver a Madrid es volver al infierno.
Como cada principio de verano, se me ha vuelto a joder el aire acondicionado. ¡Dios bendiga a los Focus! Dos opciones, chorro de aire del exterior o ventanillas bajadas... Como estoy ya bastante sordo, me quedo con el chorrazo.
A medida que te vas acercando en coche a la gran urbe de alquitrán, notas como el chorro aire, antes fresco, que te va secando los ojos, poco a poco va llegando templado. Al poco caliente, más tarde bochornoso y finalmente sudoroso y pegajoso cual fritanga de verano. No hay duda, has llegado al infierno, a la jungla de asfalto.
Lo más frustrante es llegar a casa a las tantas, abrir todas las ventanas para generar algo de corriente, y ni corriente, ni viento, ni brisa, ni pollas...
Así que la única opción es prepararse un ron cola bien cargado, y esperar a domirse con la espalda pegada al sillón, para despertarte a mitad noche sudado sin haber practicado sexo, ni una paja furtiva... ni nada.
Maldito infierno. Estoy pensando muy seriamente en emigrar ¿a las canarias? ¿a Marbella? ¿a Málaga?
¿Donde hace bueno todo el año, y no te cueces en verano?
A veces hace falta echar mano de piezas como las de Luis Caldevilla para no salir huyendo de este infierno de lava donde la expresión "tranquilo que a la noche refresca" carece de sentido.